viernes, 24 de junio de 2016

EL LARGO ADIÓS

                                                                VIS A VIS

                             
Pretender encontrar las palabras exactas, aquellas que hagan justicia a Vis a vis tras tanto camino trazado para descubrir que apenas hemos transitado una distancia mínima de todo lo que le deparaba el futuro, es pretender no venirse abajo, no intentar hacer entender a nadie lo que nos hemos perdido, ni tan siquiera echarle la culpa al porcentaje de audiencia ausente que a las malas (en el "peor" de los casos las cifras fueron brillantes) han provocado sin conocimiento de causa el final de un tipo de ficción que, a través de su apego por el peligro y su bendito empeño por desperezar los códigos de nuestra televisión, dió a luz una especie de armonía infrecuente entre espectadores y responsables, entre testigos y artistas, entre crédulos y genios. Una especie de relación íntima, tal vez pequeña, basada en la respuesta exacta en el momento preciso, con todo lujo de detalles, de esos que flanquean la barrera y nos acercan con total confianza a ese terreno inusitado en el que nacen las ideas. Cualquiera que yo pueda contaros al respecto es agua pasada, tanto como lo será la propia serie llegado el momento. Pero "solo muere lo que cae en olvido", la vida puede no ser justa, valga la ironía, para una historia que nunca prestó atención a lo contrario. Por suerte algunos recordarán esa historia y harán justicia a su recuerdo ya que jugamos con las mismas reglas a pesar de cualquier contratiempo, porque a veces la vida no tiende puentes en la dirección correcta, porque a veces la vida no trata de otra cosa.

Podría escudriñar entre el centenar de referencias (involuntarias o no) que han dado lugar en esta segunda temporada, desde un par de carcajadas por Meyer y sus féminas sin frenos, desde la violencia de Peckinpah, desde un avistamiento prudente al thriller crepuscular surcoreano contemporáneo hasta el mismísimo underground árido y "kinki" de sabor nacional importado de los 90, pero su mérito real es el de no haber necesitado ir más allá de lo que ya era desde que supimos de su existencia: un descarado elogio a la sorpresa. Y al amor, en un sano equilibrio entre la exaltación adolescente, el compromiso, lo imaginado, lo perdido y, en ocasiones, lo perverso. "Sin mal no hay diversión" como premisa preferente, a raíz del mal en un tablero de lealtades encontradas y lealtades por desfallecer que nos han arrebatado del tedio popular sin trampas, con evidente intención y mejores resultados, los de reformular el proceso narrativo a base de humor y menos dramas de los que cualquiera pueda pedir a lengua tendida. Manteniendo el paralelismo recurrente del formato documental que pasa por alto las rejas y nos habla a pecho descubierto de sus mujeres, las que van y vienen, las que temen y ya no esperan nada, las que a pesar de no encontrar espacio en el que entregarse tal como merecen encuentran la oportunidad, aquí y ahora, de ofrecernos eso y mucho más. Puede que más de lo que la mayoría está preparada para asumir.

Modélica en concepción y modélica en retirada, así ha sido la criatura, cautiva en su suerte de poesía caústica, casi nihilista. Mediante el trabajo de fotografía de un tal ganador del Goya Miguel Ángel  Amoedo con la que descubrimos que... "¡oh! ¡la perfección existe!", capturando retazos de vida puestos ahí por casualidad, humanos o no, que una vez introducidos destilan el sentido de lo que su escenario y su selecto reparto querían decir antes de concedérsenos el privilegio de tenerlos frente a frente. Y si de algo puede presumir Vis a vis... que es tal como quería llegar hace un año a este apartado: sus actores, sus actrices. Oscars huérfanos y anónimos, la etiqueta es lo de menos cuando uno siente la necesidad de darles las gracias a todos por su labor, y en la fea práctica de destacar por defecto cederé a la costumbre. Por encima de excelentes incorporaciones de última hora y de algunos que poco a poco han hallado esta vez una evolución exclusiva y enriquecida por escritores de primera línea, favorecidos Harlys Becerra como su despótico Valbuena y Jesús Castejón como dueño y rey del elenco masculino, a un palmo de no saber si hemos conocido al inspector más competente de toda españa, talento. Y por supuesto, Najwa Nimri. Lo que no concretaba al escribir "un sitio a golpe de fusta en el
imaginario colectivo" era que ella es capaz de trascender a la intimidación. Así, en un recorrido convaleciente y herido de gravedad disgrega la conducta de Zulema a un nivel de ambigüedad pocas veces visto, apelando a la piedad de sus fieles, mudando la piel y finalmente, burlando la diferencia entre mito y correspondencia empuñando el guante en sus orígenes, en un guiño literal a lo que esperábamos tras el cierre del telón: una sonrisa, una despedida, un personaje simplemente inolvidable.

Lejos de ser un "hasta luego" la clausura parece definitiva, de modo que a excepción de manifestaciones aisladas, un nuevo gobierno o un nuevo país en el que el riesgo no suponga impedimento a la hora de estimar el valor del arte, esto se torna en adiós. Desde este humilde, casi inexistente blog de tres al cuarto, esperamos con los dedos cruzados que ese nuevo día llegue más pronto que tarde, que el legado de Vis a vis nunca cayó en saco roto. La marea no es más que la brevedad de un vistazo al gozo de los que formaron parte, y si el amarillo simbolizó la muerte en otra ocasión hoy por hoy solamente es un número, una legión, una verdad como un templo.

domingo, 5 de junio de 2016

FREAK SHOW YOKNAPATAWPHA

                       THE SOUND AND THE FURY


Hablar del legado de Faulkner en el cine es hablar de un testimonio finito, tras un par de intentos de traslación a la pequeña pantalla se reduce al recuerdo de un emergente y depredador Paul Newman dando la réplica al texto, a Welles y a su futura esposa en aquel "Largo y cálido verano" de 1958. Décadas y décadas después la demanda cambia de bando como cabría esperar y los dramas sureños dejan de ser un reclamo a excepción de alguna que otra aparentemente "honrosa" propuesta (la de Kathy Bates y sus reformas hogareñas), adaptando en la medida de lo posible el código precedente a su propio tiempo en lo que hoy nos parece toda una vida, los años pasan volando. Y sin que podamos explicárnoslo a ciencia cierta James Franco está tratando de recobrar el testigo de todo aquello partiendo del 2013, en un lapso que bien podría reconocerse como el punto de partida de una carrera inexistente como cineasta a los ojos de cualquiera que se preste a mirar. Sin éxito y sin fortuna, la decadencia del actor tras las cámaras cada vez se siente más evidente, antes de jugarse el todo por el todo en este 2016 disfrazándose de Tommy Wiseau. Por suerte juega en las lides de las celebridades, y como tal con fieles dispuestos a sacrificarse en nombre de alguien que se considera convencido de lo que hace. Convincente en medida de lo que paralelamente transcribe al amparo de un tic y un tac sin interés de reportar beneficios, 
al ilustre o al ilustrado.

 
                                                 
The sound and the fury es el producto del afanado literato que otorga justa importancia a sus fuentes, si Franco ocupa más espacio en la lectura que en sadomasoquismo es un misterio, pero lo que queda claro es que existe una disposición de fascinación, particular e incontenida, por la obra del poeta. Casi tan deudora del formalismo del meridiano del siglo XX como de la "nueva" vertiente espiritual encabezada por maestros como Malick, casi nada al arrojo de un despunte estético en la retícula del cine independiente americano, con sus peores costumbres y pertrechada por innumerables flashbacks en busca de la ruina o el derrumbe de un presente que toca fondo con nada nuevo acto. Tres, para ser exactos, servidos para configurar y conferir un orden de patrimonio al intraducible mundo del material base, cada uno con su entidad y motivaciones básicas, generalmente acordonadas en torno al hermano de turno y a su naturaleza conductual. Así, Benjy es delirio, Quentin desesperación y Jason violencia. Sin pasar por alto su contexto cívico e histórico, James parece más decidido a resaltar la interiorización de sus personajes tal como Faulkner los imaginó y tal como ya lo hizo en  As I Lay Dying, dando lugar a un fresco y ameno cuento pormenorizado de extremos contrapuestos que van desde el arrebato al desenfoque, del susurro al grito ahogado y de la histeria a la liberación. Incluyendo curiosos y cómicos guiños a su "crew" (Rogen y McBride) mediante cameos que en manos de otro se destacarían como parte de un recurso habitual de un director único en su especie.


                                             

Y los que todavía crean que esto sigue sin dar resultado siguen teniendo razón, pero por el momento sobrevive al recuerdo de Newman. En las antípodas de la autocomplacencia, el que ya fuera la némesis de Spider-Man ha ideado un cosmos lejos del homenaje que ambiciona del mismo modo que su autor conectar con el ruido y la furia de una estirpe en extinción, hendida y aprisionada por su orgullo de título, su amor prohibido o su completa  ignorancia más allá del olor de los árboles.



NOTA: 6/10

lunes, 16 de noviembre de 2015

TODOS LOS CAMINOS CONDUCEN A VINCI


TRUE DETECTIVE 2

                                     

En el umbral de los recuerdos sin resolver o en el dolor que se adhiere a nosotros conforme se vive, hablar de True Detective es hablar de la promesa de un reflejo roto, el mismo al que hacemos hueco al levantarnos de la cama cada día. La punzada de la vergüenza que no hemos confesado a nadie, todavía, y el tiempo atendiendo la demanda de la muerte y su rotunda falta de argumentos más allá del cumplimiento del deber.En lo que ya fuera un viaje al corazón del mal sin pretexto, al mal del absurdo, a la simple peste de aquello que los ojos no abarcan por defensa propia, muta ahora en algo distinto, recibido con inconstancia y prejuicio por los mismos ojos de aquellos que temen lo que no pueden abarcar de la misma manera, los imbéciles de siempre. Porque Pizzolatto no llama a engaño, su bestia no ofrece concesiones, a la bestia le da igual lo que pensemos al respecto sobre ella. Digamos que se limita a ser, en toda su esplendorosa y repugnante magnitud. 

                               
                        


Hablar de True Detective es hablar del acontecimiento del año, otra vez. En esta ocasión, bajo la forma típica que haría postrarse con gusto a esos autores que, si bien bajo el yugo de una industria que lo solicitaba, devoraban la crónica negra de América y la plasmaban sin pudor ante la cámara. Con sus largos silencios, sus secretos, sus intereses, sus interminables y a menudo fatales pasados en común. Su plácida e incomparable tragedia. Manteniendo gran parte del apartado estético que designó a su antecesora (extensas conversaciones en coche, amplios pasajes de transición recreados en su escenario principal...), Nic revisa el código e incluso se permite algún que otro chiste a su costa, comprende a sus personajes de un modo que se nos escapa y sabe que ubicarlos de nuevo tras más pistas falsas solamente traería consigo mal de amores. De modo que decide duplicar la apuesta, el número de protagonistas, el número de nombres, el número de cifras. Excepto la desdicha.

                              
                       


Porque “tenemos el mundo que nos merecemos”. Y bajo ese eslogan conocemos su intención, en efecto, está hecho unos zorros. De aquí a su tema central, enfocándolo ahora tras un velo de apariencia estrictamente social en el que la información no cesa nunca, en la tradición del mejor cine negro y oprimiendo al espectador, exigiéndote con todas sus fuerzas que olvides lo que pueda preocuparte y te impliques a fondo ante esas miles de cuestiones para echarse a llorar más graves que las que se te puedan ocurrir a simple vista. La bestia hace acto de presencia. Y no hay que caer en la trampa, como ya se avisa es pura apariencia, el punto de partida que la distingue y aporta una consonancia única como entidad independiente dentro de este gran basilisco ideado a las puertas del pasado 2014. Si por algo se caracterizó su antecesora fue por trascender a las claves de su relato, tratando inquietudes y temores ancestrales de alta índole filosófica que, no solamente enriquecían la trama, guiaban su paso. 

                             
                        


No iba a ser menos aunque sucediera después, aunque así hayan tratado de demostrarlo un par de decenas de necios. Y puestos a defender lo que se supone indefendible (¿os suena?), lo hacemos por partes:

Represión sexual: presentada bajo el arquetipo1. del miedo exponencial, del crimen del silencio obligado por la ejemplarización de la cultura occidental, en teoría obsoleta de perdones, pero cuyos peores deseos siguen latentes en miles de individuos a los que ese miedo les roba horas de vida, afecto, dignidad. Considerado como arquetipo2., de lo que damos por supuesto y no terminamos de aceptar como un auténtico problema, el daño en la ficción da señas de lo equivocados que estamos, de la insana costumbre con la que repetimos nuestros errores.

                             
                               


Infancia: si en su primera temporada esta se nos presentaba como el privilegio escaso, la vulnerable divinidad de obligada conservación, aquí se hace latente la consecuencia de sus malos resultados. En la práctica no debería ser factible, pero “tenemos el mundo que nos merecemos”. Abuso, ausencia, falsa tolerancia o simple responsabilidad, el motivo termina siendo lo de menos, indiferente a cualquier tipo de investigación, cuatro almas ligadas por un nexo inconfundible. La infancia, pero esta vez... como asedio.

                              
                              



Feminismo: porque qué demonios, nunca es suficiente hasta que se lo crean: la mujeres mueren, las perdemos en varios (y disparatados) frentes. Pero lejos de sumarse al  convencional argumento de legimitar derechos entre sexos en las puñeteras últimas condiciones, explora desde dentro el patrón de conducta de una sola en lo que muchas asumen por defecto. Y que las lleva a sufrir, inequívocamente, al no terminar de asimilar su libertad como algo a lo que deben recurrir, incluso explotar, si así es como lo quieren. Y que por desgracia algunos arrebatan antes de que puedan darse cuenta.

                             
                              


Poder: insondable e imperturbable, personificado de manera milagrosa por un Vince Vaughn que rompe la norma en su carrera, cerrando el círculo como el personaje mejor perfilado de la serie (con permiso de un altivo y desmelenado Colin Farrell). Impoluto como Rust Cohle, no es menos cierto que no es el único pilar de este apartado, pero es el eje que constituye su brutal naturaleza. Escogiendo la dinámica, el movimiento, la actividad como reputación de hombre, hombres, que forjan sus males al margen de lo demás, pasando factura al resto sin importar el precio.

                             
                              


En tanto que el dolor adquiere la misma dimensión pero elige no recorrer la misma senda que antes, prescinde de un verdadero elemento unificador y por extensión, de algún tipo de esclarecimiento redentor debido a su incurable relación con la fuente del mismo. Creando quizá la sensación de que no hay salida posible, de que estamos condenados sin remedio.  Pero en lugar de sumirse en la oscuridad Nic opta por la esperanza, siempre lo hizo. En Facebook hoy sería la persona tóxica del mes, pero es un humanista condenado (que no un condenado humanista) hastiado del peso de la realidad, de saber en qué consiste, del sacrificio de hacérnoslo entender. Pariendo (con dos huevos) otra obra maestra, de las que marcan el tan consabido “antes y después” dotándolo de significado. De que el arte puede cambiar, el arte puede cambiar las cosas.

                           

NOTA: 9/10


martes, 15 de septiembre de 2015

DE PATRONES Y GALLETAS (Fantástica)

                                    CUATRO FANTÁSTICOS
                                                        
 
Cuando una pedrada sucede a otra lo más normal es que otras tantas respalden las dos primeras tiradas, el criterio popular tiende puentes en la misma dirección. Pero no todos tienen que apuntar tan bajo, no obligatoriamente al menos, ventajas en aras de la democracia, lo que no supone que no te guarden una por mano en caso de abstinencia. Porque puestos a defender lo indefendible el límite está establecido, no queda alternativa que corra la suerte de resultar creíble, terca invención por parte minoritaria. Se habla mucho de Cuatro Fantásticos, mucho y mal, y para no quedar consuelo pasará a la historia como una película muy mala, fin. Luego las minorías tienen claro una cosa (y la cosa va así): poco importa que tengan en cuenta tu percepción sobre el cine, se trate de Tarr, se trate de Tarantino, se trate de tu madre o el vecino, los que marcan la diferencia entre lo que trasciende o no conforman la suma máxima del colectivo, se trate de quienes se traten. Entendiendo esto el disfrute está asegurado, eso ya no atiende a razonamientos comunes, ventajas en aras de la democracia, nuevamente.

   

Y aquí ciertamente huele a nuevo, debido un espíritu renovador que se desliga de sus deberes como película de superhéroes. Los hay que ven un calco por Nolan, pero aquí si hay sentido del humor. Los hay que no se han reído en absoluto, pero esto no lo produce Marvel... y si ellos se hicieran cargo lo harían mejor ¿no?. Que va, harían lo suyo, chascarrillo, dinamita y post-créditos, se acabó. Y está bien, que narices, es lo suyo. Claro que llega un momento en que cada historia obedece un patrón, la gente asimila el patrón, y cualquier anomalía que no obedezca a la misma fórmula está irremediablemente condenada al fracaso. Eso ya no es tan bueno, al menos en lo que al arte se refiere, sin transgredir los parámetros estamos perdidos. Podría decirse que Josh Trank sabía en que consistía formar parte de una minoría, pero como en toda revolución siempre surgen malos hábitos entre reyerta y reyerta, y si se incluye a FOX y su desacuerdo el jaleo queda asegurado. Y si, exactamente en su centro urge una necesidad de acelerar los acontecimientos para tratar de conferir al "bicho" la personalidad que suelen adoptar los bichos de su misma clase. Apenas unos minutos, los humanos es que le hacemos ascos a cualquier tontería.

  

Cuatro Fantásticos puede permitirse el lujo de sobrevivir a ese traspié, al menos desde dentro, fuera son cuatro los que lo vemos con claridad. Pensada como una epopeya (la epopeya de Trank) va construyendo sus cimientos sobre personajes que, sorpresa, son algo más que un pretexto de piruetas y demoliciones, la promesa viva de que "otro enfoque" es posible, de que la esperanza sigue latente para todos aquellos que esperábamos algo distinto desde Iron Man 2. Un lavado de cara juvenil, inquieto, intelectual, dispuesto a escuchar las maneras de encarar una situación tan extraordinaria sin crear el más mínimo atisbo de discordancia en su conflicto central, ni como familia, ni como fenómenos. En un género reducido a la referencia, en contraste por burla o comparaciones, en los Cuatro (...) evidencia una rebeldía innata que trata su contexto científico con todo el rigor que podía permitirse (limitado) y su posterior escala a la hora de arrejuntarse con el necesitado cliché de su testosterónico universo (MÁS que suficiente). 
Eso al principio, como en toda epopeya que se precie la cosa va a más (y la cosa de nuevo va a así): tras un tramo (algo) confuso que reconcilia el núcleo con su origen, somos testigos de un clímax que bien puede dejar en evidencia las peripecias de cualquier vengador en sendas segundas partes de sus respectivas franquicias.

 

10 minutos de gloria pura, y los que buscasen algo más a 5 euros (siendo miércoles) pueden clamar al cielo, en la resistencia no lo vemos igual. Son colosales en su carácter resolutorio, no obedecen a la demanda de algo que se nos vendía (aunque así fuera) si no de su orgullo general como algo que se ha ido forjando a medida que descubríamos los puntos de vista de cada uno de los implicados, dando más sentido a su filosofía como grupo. La unión, su fuerza. Sin descuidar, aunque así pudiera parecerlo, a su principal villano, cuyo diseño y propósitos (de un nihilismo básico y reducido que no hace si no maximizar el horror de su soterrado narcisismo) son tan escolafriantes como cabría esperar llegados al 2015, lo de antes solamente era cosplay. Y se reivindica, ahí es cuando la resistencia se rinde porque la gente ya no sabe lo que quiere, si hablamos de fidelidad comiquera hablamos de Schumacher, Burton, Catwoman... eso si que molaba ¿verdad?.

 

Pero en el fondo seguimos aquí, en pie y con ganas, exhaustos de defender lo indefendible. Primero porque lo sentimos, segundo porque merece la pena y tercero porque, si no está dicho ya, es una película fabulosa. No te rindas FOX, podéis ganar esta batalla.


                       

NOTA: 7/10

miércoles, 22 de julio de 2015

CALIFORNIA

                                                      PURO VICIO 

                  

Adentrarse en el cine de Paul Thomas Anderson siempre ha requerido un riesgo intelectual, como todo autor que se precie su universo no va regido en torno a la lógica de lo que representa. No juzga como juzguéis, no veáis tal cual lo miréis. Sus películas han aunado el trauma estadounidense desde diversos espejos, han desvirtuado los conceptos de fraternidad y progreso en favor de un pasado que siempre arrastraba el mal o el perdón consigo. Variaban las décadas, la intersección que procuraba un análisis claro y conciso se hacía cada vez más densa y rebuscada, realmente llegabas a poner en duda tu estado mental, menos los escépticos, ellos siempre lo han tenido fácil para sentirse ofendidos. La confrontación como punto de partida genera debate, pero Paul realmente nunca ha sido un tipo conflictivo, es más, podría decirse que siente un sano desprecio por el orden. Dos años después de lanzar al mundo la que es su obra maestra regresa a la senda cómica de su primer ciclo bajo el aspecto adquirido por su segundo, lo que da lugar al desconcierto total, nunca es tarde para romper las normas.

                        

Puro vicio se siente en todo momento como aquellas míticas tardes de verano que ponen fin a la estación tras un largo tránsito en la desidia más absoluta, esos últimos coletazos al aire libre que presagian las desilusiones más significativas del año. Doc Sportello lo está viendo venir, pero piensa "¿qué demonios? ¿acaso no me pagan por esto?". 1970 o el fin de lo que fuera, que fue un caos absoluto. Y a Paul no le pesa haber estado antes por aquí, la constitución que vertebra el relato es tan disoluta como le conviene, siente cada encuentro como una punzada en la piel ya que cada uno resuelve una incógnita, lo que supone un paso del final por cada respuesta. Para alguien que realmente no es conflictivo, para alguien que realmente AMA una época, el final no es más que la muerte y entristece. Va a fuego lento desde luego... ¿se asemeja a los 40? ¡vaya que si! el mismo número de veces que han sacado la equivalencia con Hawks, no es lo que importa. Lo que importa es que renuncia al parentesco, no al del noir si no al de cualquiera, impera sobre la práctica y la subversión un claro cese de impulso que invita a compartir su permanente estado de fascinación y perplejidad. Vive de la textura conferida por un maestro que a fuerza de aprender ya no puede aspirar a más, dicho de otra forma, acentuando un vicio que atesora lo más divino, la vida misma en movimiento.


                       


Un ocaso impreso en la regla del juego, otro más. Desde los ojos de la narradora una nación encriptada, una multitud de posibilidades guiando la investigación de un suculento detective que embrutecería al mismísimo Hunter S. Thompson de la sola euforia de verlo desenvolverse con tanto estilo. Y lo abarca por tamaño y dimensiones, con Vietnam allá, con la droga aquí y la ilusión de imaginar que queda misterio en este cochino sistema. Con el recuerdo a cuestas al término de hace cuatro soles, desesperando bajo la lluvia sin tomar nota del tiempo y todo lo que se perdía entre tanto cariño. Y si, la invade la nostalgia pero no la acostrumbrada, aquí no garantizan que vayan a volver... ¿acaso es una opción?. Y con el lio el odio al comunismo, el rencor racial, el fanatismo, la cólera, las malditas y puñeteras utopías Doc va perdiendo el norte, piensa que no hay sueldo que pague tanta sórdida y desconsiderada estupidez humana, ni mucho menos cuando a la contra se acaba por considerar una enfermedad. Esclareciendo la línea del rango a la persona sin excepciones, en lo que nos ocupa atendería a cuestiones más sencillas como el ansia y por supuesto, una consentida y privilegiada curiosidad por todo lo que subyace dentro y fuera de lo relatado. La magia de la creación, la intriga de la palabra... ¿o era al revés?.

                      


Pero Paul, que además de no ser conflictivo tampoco es pesimista se las apaña para rescatarse de la locura, que según el grado de humor igualmente está en la obligación de pisar el freno. Porque Doc ha visto cosas que nosotros no hemos visto nunca, lo que traducido en meses da para toneladas de risas. Incluso tras un desplome cultural poco vigente en la historia, la de unos ángeles que retumbaban al ritmo de la fiebre inmobiliaria, arrastrando con ella lo resultante de otros días que sacaron el máximo partido sin dar mucha cuenta del terreno. Escondiéndose del salario consecuente a las rutinas ajenas, descalzos a orillas del mar.

                          


NOTA: 9/10 

viernes, 3 de julio de 2015

LA JAULA DE ORO.

                                                              VIS A VIS

                                                


Cruz del Sur ha abierto sus puertas y lo hace en la tradición de las mejores, ahorrando el peso de la ficción a favor de algo que muchos parecen haber olvidado a la hora de reconstruir un culebrón, esto es, la sintonía con el público. No pasó un lunes ni un jueves sin llegar a la cima en Twitter, ciertamente en Twitter se habla de todo... a las claras, está repleto de cotorras. Pero ya es patrimonio nacional, apenas cambia el medio, las maneras y en base a eso ¿qué podría resultar más apropiado que un thriller carcelario?. Uno de calidad, puestos a pedir. Y no es menos lo que Vis a vis nos ha ofrecido en su primera tanda semanal, ya que lo cabría percibirse como otra excusa por la que dar coba a nuestras ganas de enorgullecernos (o despellejar en el peor de los casos) de nuestra televisión, resurge como la rara especie que confirma el fin de una larga espera, a pasos de gigante y sin contemplaciones.


Redundar sería algo así como tratar de localizar las fuentes principales de sus aciertos, en un país de historial corto dentro de su género y a fuerza de querer demostrar lo contrario por parte de muchos. Vis a vis se perfila más exactamente en competencia directa con el lujo administrado por el amigo americano y suena tal como estaba destinada a ser desde el inicio de su gestación. Nos hace cómplices y nos acerca a estos personajes con una actitud empática fuera de toda duda, prescindiendo de cualquier tópico conceptual que pudiese entorpecer la relación entre ellos mismos y la establecida con el espectador, esa masa insaciable ávida de emociones fuertes. Cada capítulo ha supuesto una promesa concreta en las cuales la confianza era plena desde la excelente secuencia de apertura a los créditos de cierre, y siempre la hemos visto cumplida. Una serie en rendimiento constante que conjuga la expectación y el suspense como compañeros predilectos, ligados a un sentido del humor que nos encierra gradualmente, valga la ironía, en esa amplia variedad de reclusas y funcionarios que no se privan de su propia naturalidad. Tal cual dicta su guión, conformando un catálogo impensable e irremplazable de personas de las que necesitas volver a saber con urgencia.


Y si de algo puede sentirse orgullosa es su casting, retando al escéptico, congratulándose constantemente de una plantilla que ha echado el resto, con resultados visibles y generalmente reverenciados. En tanto que cada uno cumple su función con sobrado talento, y en consonancia con lo asignado al pie de la letra, resulta complicado (por no decir delictivo) resaltar a ninguno por encima de los demás. Y al margen de una Maggie Civantos que aplica en su primer protagónico una vulnerabilidad encomiable, se deben destacar a dos sujetos en la cúspide de sus respectivos rasgos definitorios. Son Ramiro Blas, mayormente beneficiado por el carácter vejatorio de sus intervenciones, y Najwa Nimri, en lo que en una milagrosa resolución de las circunstancias ha dado como resultado una de las femme fatales más memorables en la historia de la ficción española. Acepta a Zulema como una extensión de aquello que siempre se le ha visto negado en su carrera, un espacio en el que desarrolla un determinado cúmulo de malas intenciones, adueñándose del favoritismo popular de forma irremediable, trazando un recuerdo auténtico e inamovible sobre su texto y perpetrando a golpe de fusta un sitio cómodo en la memoria colectiva. En pocas palabras, un regalazo.


A pesar de puntuales arbitrariedades que no degenera en la intensidad de lo que cuenta, habitualmente centradas en la trama de Leopoldo y compañía, estamos ante un acontecimiento cuya contradictoria propensión al escándalo terminan de redondear una de las experiencias más sensatas y satisfactorias en lo que va de año. Cuando la ansiedad de uno la genera ella y no la quinta temporada de Juego de tronos, es que hay algo que funciona. Cruz del Sur ha habierto sus puertas, mientras no encuentren las llaves todo irá bien.

miércoles, 13 de mayo de 2015

EL ESTADO DE LAS COSAS.

                      HOMBRES, MUJERES Y NIÑOS



Ves un satélite y no es Nolan, es Jason Reitman, si el chiste es malo imagínate el resto. En realidad lo malo es que se trata del Voyager y te lo describen punto por punto, por eso es Reitman. Es evidente que sigue sin captar que la reiteración no es la mejor manera de contar una historia, también cabe esperar que vamos a enfrentarnos a más de hora y media de un proyecto con ínfulas de falso indie y cantidades insanas de moralina. En ese caso estaría hablando por vosotros... ¿podéis creerlo? soy el primer sorprendido. Y es que en Hombres, mujeres y niños (si preguntan el patriarcado tampoco está por aquí) nos encontramos con que Reitman acaba de abordar un asunto tan espinoso como oportunista y que seguramente no volvamos a ver semejante versión en un futuro próximo, los fracasos críticos, comerciales y populares son un fenómeno que siempre garantizan arrepentimiento por parte de cualquiera, si eres Jason Reitman y te quieren muerto desde Juno significa tener cuidado al salir de casa. Y es una lástima, especialmente cuando caes en la cuenta de que no solamente no es tan mala como la pintan, si no que resulta ser, con todo, la cosa más digna que se le haya podido pasar por la cabeza.

                      



El mismo año que Bajo la misma estrella y dos después de Desconexión, el truco aguarda en los intertítulos, ya dije que esto va por épocas. Será la risa cuando no podamos tenernos ni en pie pero si miramos con más atención el motivo principal se diluye tras la primera media hora, para muchos el declive, para otros (pocos) la verdadera naturaleza del film, el espíritu ingobernable del que emana la fuerza de los hombres, las mujeres y los niños que participan en este sólido retrato intergeneracional sobre las consecuencias de las nuevas tecnologías en nuestras vidas. Y decir nuestro no es por azar, lo que queda impreso es su virtud de extrapolar el más incómodo de sus pasajes a la percepción de cualquier ser humano (si acaso del primer mundo). Y lo más importante, sin pelos en la lengua. Desde la infidelidad de toda la vida a la inseguridad de la fidelidad por obtener, en un planeta reducido y contemplado como exponente del caos y la falta de proporción, así como de objetivos, en un vídeo de youtube, la religión de los iniciados tras el 11-S y viceversa. La pérdida de identidad sexual por dependencia de un hábito (porno) adquirido con el paso de una juventud exenta de un reglamento, o quizás por sobreexposición de un único reglamento que descarta una vía alterna a la numeración exigida por el mismo, parecido al fútbol y a cosas que no tienen demasiado sentido.



                     

Si parecía poco, lo éramos hasta que llegó la bulimia, y los consejos para morirte mejor del asco por un amor que no es que no te corresponda, te detesta. La fascinación por ese tipo de persona que a edad temprana es lo más parecido a un Dios, que se te antoja indiferente el daño cuando necesitas su aprobación te arruine o no la existencia. Casos como este y más, seguir con ello sería caer en contemplaciones, algunos no son nuevos (la mayor parte no lo son) pero encajan a la perfección en un guión cuyo espacio no relega a ninguno a un rincón menor que el vecino, se asfixian y se derrumban por igual. No ofrece salida fácil, dicho de otra forma, no hay salida que valga, lejos de faltar a una conclusión el término es similar al perdón (y a cosas que no tienen demasiado sentido). Como el fútbol, pero diferente. Reitman vuelve a la conversación y se adueña de lo que quiere dar a entender, no lo juzga como hacía antes, no hay sentencias a la vista, no hay redención, hay discurso pero apenas contiene un razonamiento básico que no determina ni precede lo que pueda llegar a suceder con los protagonistas, cerrando sin embargo su círculo acerca de lo que en teoría iba a hablarse después del Voyager: la tecnología, de como nos revienta los planes sin querer darnos cuenta.

                    



La ironía es que sirve a un motivo mayor, no se sabe (o tal vez si) si por casualidad o premeditación. Su director ha radiografiado un tiempo y los que lo habitan de costa a costa, se ha empapado de sus dudas y obsesiones y lo ha hecho sin necesidad de explicarse durante la empresa, esto es nuevo si no eres Kubrick o Fincher, si eres Jason Reitman y te quieren muerto desde Juno al menos lo habrás intentado, algunos igual empiezan a cogerte cariño. Se respira el intercambio entre el Robert Altman más lúcido y la ansiada esencia de un Raymond Carver oculto en la rutina (nada rutinaria) de su puesta en escena, solapando la intimidad de un momento de decepción a otro de puro morbo a las páginas de Google (y varias de Pornhub) como haciendo cómplice a las retinas de aquellos que no son ajenos a esto, insistiendo en que a pesar de que ya lo saben por descontado no van a quedar tan impasivos como con el doble check del WhatsApp (¿o eran tres?). A lo sumo un par de coñas por Twitter, es tanto culpa suya como del público, aceptémoslo, nos falta un trecho de generosidad para que dejen de sacar este tipo de películas.

                   

NOTA: 8/10