martes, 18 de noviembre de 2014

FOREVER YOUNG.

                       BAJO LA MISMA ESTRELLA

                                  

The New York Times calificó a "Bajo la misma estrella" como una celebración del narcisismo adolescente. Los adolescentes SON narcisistas, lo son en Jersey y lo son en Pamplona, la adolescencia es esa dulce enfermedad contra la que se arremete por poseer la sana ventaja de proyectar amor, de creérselo del todo, incluyendo la parte fea. La juventud es el ciclo envidiado, el origen de cada error y de cada pálpito, para colmo de males la juventud es esa parte de la vida en la que algunos pasarán el resto de sus días. Para los que vivimos el nihilismo en fase temprana (o la variante floja) nos cuesta formar alianza con estas mierdas y no necesariamente por crecer más de lo debido, ya que da la puta casualidad de que Hazel está más asentada en esa versión que haría de cada persona con la que empatizamos un buen lugar en el que afincarnos como recuerdo. La gesta de entregarse a la memoria de quien de verdad va a dar importancia a nuestras pequeñas virtudes de cara a un público obsesionado con un legado que donarle a la historia, ese inmenso cúmulo de cenizas desperdigadas.

                     

Gran parte del acierto de la película es contar con su teoría y confíar tanto en ella hasta el punto de perdonarle los (inevitables) convencionalismos presentes. El mérito no reside en el cáncer, ni tampoco en su destacado melodramatismo, ni en el eterno y denostado recurso de subir la música cuando urgen las lágrimas, es el modo en el que te convence de que ha servido para algo. Si el amor es un proceso químico rindámonos como bellacos, nos merece la pena. Adecuando el relato a la actualidad, "Bajo la misma estrella" pertenece al 2014, en tiempos donde los chavales viven a expensas de un mensaje no respondido... ¡y que distinto habría sido tras la aplicación azul del doble click!. Sobre como los textos se salen de la pantalla del móvil, sobre como dicha tendencia terminará por convertirse en tópico o sobre como este minúsculo detalle marcará la diferencia a la hora de identificar un momento concreto en la historia del cine: esta película es de ahora y seguirá siéndolo, nos cuenta lo que hoy nos atañe, lo hace como puede permitírselo a día de hoy y mañana será otro cantar, pero en este caso van a darla coba.
           
                     

Porque al margen de una dirección meramente funcional "Bajo la misma estrella" será un clásico recordado por los jóvenes. Hay varias jerarquías y distintas maneras de entender la adolescencia, pero lo que se está tratando aquí va más allá de rasgarse las hormonas en nombre del romanticismo new age (ese que tanto odian las fans de Cindy Lauper), el concepto de la enfermedad elevado a la categoría de transmisor de aquello que en esencia se nos escapa al margen de la edad. Contada a través de los ojos de Shailene Woodley, unos ojos que de no ser por su marcada inocencia dirían de merecer un Oscar a la mejor interpretación femenina del año... ¿y sabéis? a lo mejor tendríamos que darla la razón. Secundada por un Willem Dafoe sencillamente abrasador (que suelta lo que se calló con Lars en Nymphomaniac) y un guaperas que se las apaña para arder y dar calor al conjunto sin necesidad de encender el mechero.

                     

Retomando lo que se nos escapa al margen de la edad, esta película es una desvergonzada huida hacia delante, no teme matarse antes de lo esperado, tiene hasta el valor de remontar su tragedia a la de Ana Frank. Y el corazón dale que te dale. Una visión generosa de la generación del momento, la que comparte su afán por no perderse un minuto de su potencial, la que sacrifica trofeos por rebatir la furia con aquello a lo que no va importarle la carga, la que siente el dolor en su piel, aquel que asumen por defecto en nombre de algo más grande que un ritual de estrellas arropando sus impertinentes cabezones. El terrible ardid de la permanencia que se diluye frente al espejo, con valores infinitos del uno al diez. A fin de cuentas basta una seña, y como bien diría una queridísima amiga mía: mmmm ¡vale!.


NOTA: 7/10

miércoles, 1 de octubre de 2014

THE PATH OF THE HILLS

                                               CHILD OF GOD   

                   

No conforme con pintar, recitar, escribir, producir y actuar, James Franco sabe lo que hacer cuando es necesario tras las cámaras. El niño prodigio lleva un par de intentos sin cuajar en la dirección, ni el más (in)decente de los internautas sería capaz de encontrar un enlace digno de dichos títulos con traducción en el lote (si me conseguís Simiosis os ganáis un fiel seguidor). Pero sea como sea 2013 fue SU año: si en 2012 llegó a plantarse con 8 trabajos, el total del año pasado llega a los 9 tanto en cartel como en el anonimato, lo que se dice un currante. También saca tiempo para reirse de su figura, incluso he creído escuchar que preparaba algún tipo de sorpresa "musical". ¿Qué es James Franco a fin de cuentas?... una jodida bestia ¿no?.

                  

Asiduo a la brutalidad y a los terrenos polvorientos, McCarthy es un referente en lo relacionado con la sangre, los lunáticos, los sheriffs agotados y los susurros de testigos sin rostro. James arriesga y apuesta fuerte por los sureños, lo hace aquí y lo hace en As I Lay Dying también. Hermana ambigüa en la dupla, Child of God no se limita a ser un ejemplo de introspección en la mente de un enfermo, la reconocida ambición de su inexperto director no debía permitirlo, así como McCarthy no se propuso narrar un desvarío. El puñetero y terrible viaje de Lester Ballard a las entrañas de la supervivencia, bajo la firme mirada de James enseña un enfoque enamorado de la psique de este hombre, lo antepone a la investigación criminal, lo observa con tal sentido de la paciencia que a pesar de algún trompicón casual, termina desprendiendo un aroma podrido de clásico prematuro que crecerá con los años (y no necesariamente en boca de tantos) por su tendencia a no tirar de la raíz.

                  

Refuerza con severidad sus más provocativas galas sosteniendo los minutos en la tensa y muy respetable mandíbula de Scott Haze, sus maneras desencajan las nuestras por puro asombro. James Franco asigna parte de su desafío al sabor de cada acontecimiento con prudencia y a buen paso, ligando la amplitud del debate al tamaño de cada atrocidad cometida, casi como el discípulo en desventaja que nunca fue, valga la “coincidencia” (en 2015 estrenan película juntos), de un Werner Herzog prematuro arremetiendo contra todo a lomos de su propio pelotón de enanos descontrolados. El patrón de Lester es el mismo que el de un animal y esto queda expuesto a las mil maravillas, aplica el valor de lo que quiere del modo en que lo haría un perfecto perturbado con las facultades primarias de un ser vivo como único estandarte, sea un pedazo de carne muerta o un par de peluches. Si bien su final puede ser confundido con una oda al salvajismo, es un final portentoso y emocionante. Como paridos por las colinas entre gritos y sufrimiento, casi un documental involuntario, un homenaje a la brutalidad original y a su perseverancia... porque las cosas como son, hay que ser la ostia de cabezón para abarcar tanto en 365 días. Y que encima salga bien.

                    

NOTA: 7/10

miércoles, 24 de septiembre de 2014

EL RARITO DE LA CLASE

                                                        BOYHOOD

                                  

El tiempo pasa, y si el arte imitó a la vida en un punto concreto la fórmula en cuestión caducó hace unos cuantos lustros. Cada vez más del producto y menos de aquellos renacuajos empapados en lágrimas a la espera de entonar un propósito más elevado que el de transcurrir por cumplir en la desencantada villa que va desde el nacimiento a la muerte, con todo lo que implique asistir a la cita. Linklater está obsesionado con el detalle, su trilogía "Antes del..." le flipó a más de medio pueblo, y es que el mundo está plagado de románticos (mea culpa). Pero el amor es mucho en comparación a un paseo charlando sobre los miles de millones de aspectos sociales, políticos, ideológicos y pornográficos que nublan nuestra incierta riña con el aire que respiramos solos, y solamente en compañía de un alma gemela que se corresponda con nuestra forma de recoger los platos rotos de la vajilla.


                       


Rompe con "Boyhood" su deuda con el movimiento, amparada por titulares que empatan con el mismo valor que le atribuímos a nuestro día a día, por expectante o por rendición, sin reservas ni índices de riesgo, a buen seguro que cuando finalice terminaremos besando la almohada. "Historia del cine", "un reto sin parangón", "un triunfo insuperable", "un cara a cara con la juventud como etapa". Respeto el ombliguismo y tal, pero confieso que me perdí más de la mitad de los recreos. Sin tan siquiera desprenderse de una cohesión despachada a filo de arma blanca, y con la audiencia loca venerando el fondo, el contenido, la intención y (y aquí viene lo bueno) el efecto... esa víbora que los ha cegado bajo el yugo obligado de un rodaje que comenzó hace 12 innecesarios años, así como el atríbuto del "son pedacitos que forman parte de cada uno, todos hemos experimentado algo parecido". 

 
  
Del mismo modo un kinki propenso al robo encontrará su templo con el vaquilla, pero aquí asistimos al tópico elevado a la indecencia pretendida. Admito que esperaba algo así como un retrato de la juventud a nivel universal, pero no fue su carácter americano lo que me ofendió (lejos de mi aborrecer el "QUE" según la bandera), si no su despreocupación, su trampa mortal que evidencia su falta de interés en crear, en lugar de repetir (cualquier reminiscencia a los clásicos es coincidencia) tras las medidas impuestas por un marketing de trascendencia severa e impropia. Una espiral de nadería que deposita su aliño en la carcasa, fruto de la pasividad con la que se pretende emular el imperceptible ritmo al que avanzamos de un cumpleaños a otro, con la esperanza de que el espectador alcance una recompensa emocional lo bastante grande como para olvidar que se ha tragado casi tres horas de cositas que ya habíamos visto con anterioridad en una sala de cine. Los discursos morales, el alcoholismo, el maltrato paterno, los divorcios, los divorciados enrollados pero irresponsables, las madres que se ponen de los nervios, las consolas que se nos modernizan, los políticos que se vuelven negros, los veteranos quejicas amantes de la confederación, los peinados largos, los dilatas, las modernas, los gitanillos abusones y las reflexiones que nos importan un pimiento acerca de la deshumanización provocada por la tecnología y su uso, las mismas que os estampan en los tablones de Facebook los simples del grupo, las mismas.


Sabemos que forma parte de la vida, y si el arte la imitó en un punto concreto se nos ha vuelto aburrida. No obstante posee sus virtudes, Ethan Hawke la mayor de ellas, el verdadero fuego de la película. Y la cierta sensación de captar parte de las señales, un final con alusión al momento (y lo que nos quita) que se encarga de subrayar lo que no termina nunca, el arrepentimiento de ciertas decisiones, la ganas de respirar otro tipo de metas, incluso el desengaño inherente a las relaciones humanas, con cada pellizco de cariño y rencor implícito y bien plasmado. Nada que pueda levantar un fallo tan soberbiamente calculado. "Boyhood" no es solamente la promoción más falsa de su categoría, es un cero a la izquierda, una inversión recíproca de las que se encargarán de reanimar un criterio mayoritario que no recuerda que lo que engrandece a LA VIDA es su sencillez. Al contrario de lo que se viene diciendo se han complicado un poquito la existencia.


NOTA: 5/10


martes, 19 de agosto de 2014

TINIEBLAS

     INSIDE LLEWYN DAVIS


Sátira y humanismo, dos corrientes igual de válidas ya que la vida se presta a ambas cosas. Se puede captar el pateticismo de la raza o su virtud, se puede elegir dosificar los tonos o regalarse al más innato de los extremismos, son aspectos de los que formamos parte al fin y al cabo, nuestra carta de presentación. Pero atrapar el sentimiento de la derrota, transfigurarlo con humor y liarse a guantazos con la fachada de cada espectador (por fuera presente y por dentro representado) es privilegio de los grandes, de los que recuerdan que nacemos con la palma en el culo y a grito limpio. Que si la propia existencia es un tumor no nos falte motivo por el que brindarle una carcajada tras otra por tropiezo o torpeza, que lo haga aquel que tenga el valor necesario.

                     

"Inside Llewyn Davis" es bastante sencilla como para resumirla y lo suficientemente complicada como para sobar su mismo resumen como único precedente... mira, casi como la vida. Subrayando la amargura de un hombre derrotado por las circunstancias, con el folk como excusa y los 60 de telón. No es solamente la radiografía más precisa de aquella generación perdida que sentó las bases sobre las que más tarde artistas como Dylan encontrarían un medio con el que llenar su plato. Acostumbrados a que leamos entre líneas bajo la farsa de "contamos una historia y procuramos que la apuesta sea fuerte", vuelven a regalarnos otro retrato de la cara B que no distingue entre el triunfo o el fracaso, al contrario de lo que pueda sugerir su guión. Un recorrido al infierno del anonimato, a la duda sobre si tiene sentido o no lo tiene, o si eres un egoísta convive lo mejor que te sea posible con aquello que te hace destacar en la mierda, aunque sea un poco en la inmensidad.

                    
                          
No hay significado para el caos si este este se define a si mismo limitándose a funcionar, y esto ya nos lo dijeron en 2009. "Inside Llewyn Davis" es la película más descorazonadora de su filmografía, la menos paranoica, la menos exigente, la más sentimental como idea... y en su lenguaje esto consta de dos razonamientos básicos, pillarlo o rendirse. Para los afortunados que hemos tenido el placer de sentir su emoción entre la turbia marea desde 1984 esto vale millones. Oscar Isaac incluído, en un papel sólido y auténtico, reflejo del hastío y la frustación de miles engullida entre la barba y la melena descolocada de un tipo milagrosamente cansado de luchar. "Si no es nueva y nunca envejece, es una canción folk", y en esas estamos, desde el mismísimo cartel, a drede y de buena gana, un clásico moderno en el siglo de los Smartphones, de los que te pellizcan y miras alelado el favor tan grande que un par de judíos le hicieron a los bobos del mundo, mostrando el aprecio que nos tienen en hora y media de desdicha y atropellos conducidos por el hilo de una creencia, con la música por bandera y un gato travieso en su regazo.

 
NOTA: 10/10

jueves, 22 de mayo de 2014

NO AL MALTRATO ANIMAL.

                                                      GODZILLA
                                                       
                                 

Desde que tengo uso de razón he defendido la idea de que el cine popular tiene tanto que contar como el cine de autor, llamémoslo dificultad. Involucrarse en Hollywood hoy en día es ser partícipe del reciclaje, por eso hablo de dificultades, remakes hasta en la sopa y la sopa fría de tanto repetirle al niño que coma y calle, amigos que te sueltan la misma anécdota y tu temblando de saber que cabe la posibilidad de que sigan defendiendo la-maldita-gracia-que-le-hace-a-uno de pensar hasta cuando ¿eh?. Pero soy hombre de fe, considero sano dar crédito al remitente aunque le sobre, siempre y cuando sepa como rentabilizar sus apuestas, o sea, como conseguir que yo me gaste dinero en una entrada de cine y contemple que tras la incertidumbre de una publicidad mayoritariamente hinchada se encuentra esa especie de chispa que denota cuanto de afecto y cuanto de prostitución y con cuanta frecuencia se estrechan entre sus brazos estas dos para ofrecernos más que entretenimiento, que ya sería suficiente si no fuésemos tantos con tantos problemas en los que regodearnos plácidamente.
                              

                 

Godzilla falla en el intento, y si preguntas a Gareth Edwards quería calar hondo, hasta tal punto que ha terminado empapándose... y ya se sabe que la primavera es la pécora más traicionera de todas. Dicen que su anterior largometraje era un drama intimista con tintes apocalípticos, debe ser, Godzilla se asemeja: un dramático encuentro con el apocalipsis de la intimidad a grito limpio, creedme, podría ser peor. En la actualidad la comprensión entre mercader y súbdito no puede calificarse de otro modo que no sea "redonda", en la salud y la enfermedad, en ocasiones la reciprocidad perteneciente al segundo ejemplo resulta escalofriante. Y es que Godzilla es casi una sorpresa, tan anclada al melodrama y tan putrefacta en su construcción que parece sacada directamente de 1998. Normalmente no exigo a esta clase de propuestas lo que no pueden dar, pero carece tanto de lo que podría pasarse por alto que termina siendo insufrible.


                    

Cero simpatía, un guión (y decirlo por respeto) que trasciende al tópico de toda la vida, pero sin pizca de humor o consciencia, subrayando las emociones de sus débiles protagonistas subiendo el volumen, desterrados al anodino oleaje de una intrahistoria inexistente. Apenas una excusa con la que acaparar los minutos gastados en actores y actrices de carne y hueso que aguantan como humanamente pueden los caprichos de un director que pretendía establecer contacto con el trauma de Estados Unidos y su población alejando la atención del jaleo de fondo, con el bicharraco bestial que ocupa el cartel principal de la película reducido a un simple reclamo de media hora (sin bromas). Este enfoque bien pudiera haber resistido su propio orgullo de no ser porque es el mismísimo enfoque el que juega en contra, ya no de lo que  se nos vendía, si no de la naturaleza que define lo que ES una película sobre MONSTRUOS, aniquilando su mitología para mayor gloria de un reparto aventajado en busca de su próximo talonario, dos en Los Vengadores y otro en un Spin-off.

  

 NOTA: 3/10

domingo, 13 de abril de 2014

SEGUIMOS EN CONTACTO.

                                     PERFECT SENSE 

                   

El año en que Lars von Trier tomó la decisión de afrontar su propio apocalipsis personal fue el mismo en el que Terrence Malick se aventuró a indagar en las eternas cuestiones acerca del ser humano, su fe y su relación con la naturaleza que lo rodea. Ambos leyendas, ambos con su odisea, con su visión. Uno aboga por el pesimismo, la radiación tóxica que corrompe la voluntad del hombre (la mujer en esencia en este caso) para más inri de un derrotismo anunciado que desate buena cuenta de nuestras miserias e hipocresías. El otro defiende la espera, la paciencia, el descanso que sigue a los encuentros envueltos en una divinidad que toma la forma de una pérdida retornada o un aliento de esperanza que indique en cuanta armonía es capaz de convivir la brutalidad y la lógica con la creencia de una belleza superior que rige nuestro caminar en esta tierra.

                 

Si ellos se hubieran hecho cargo de "Perfect Sense" hablaríamos de una posible ganadora en Cannes, una polémica ensalzada o despedazada a partes iguales por crítica y público, y si bien el primer sector no ha aflojado la pluma tampoco han apretado el puño hasta ese extremo. David Mackenzie, escocés entre tantos, director de cine entre muchos otros, especializado en el erotismo de manual y otras morbosas obsesiones y de carrera irregular y profundamente indecisa, no sabe de señalar mentiras ni de orar por el prójimo, pero algo sabe de relaciones, algo quiere decirnos. Tras un debut pretencioso, mal adaptado y vulgar (tosco a más no poder) y un par de historietas que pasaron de largo lo mismo que un lobo a la cereza (por la garra de McKellen y la supuesta dulzura de Kutcher), alcanza por fin en esta película el tan ansiado apretón entre la mundanidad que lo define y la genialidad que rara vez deja respirar, oprimida casi siempre en un quiero y no puedo que insiste en trascender y afloja la marcha a medida que coge el ritmo, como un polvo a destiempo, insatisfactorio, amargo, jodido.

               

Lejos de ser la excepción, adolece de una fuerte falta de sexo, sexo necesario en este caso, apenas una escena en la que vuelve a dejar patente su falta de brío. No sobran detalles pero excasea de recursos que ahonden en la llaga, la situación era la ideal para trastocar la conciencia del espectador. Y aún quedándose corta en un plano puramente analítico u científico, suple sus aparentes carencias sin necesidad de repartir explicaciones al por mayor, a medida que avanzan los minutos en el reloj más absorto quedas en la paranoia, sientes el frío y la amenaza que se cierne sobre tu raza. Los síntomas van ligados a la reacción y esta al catarro posterior, es casi una parábola contraída de nuestros sentimientos más básicos y antiguos, trasladada con tiempo y espacio sin caer en melodramas ni convencionalismos (mainstream o independientes), sin salidas de tono.

             

Empañada toda ella por la clase de sensibilidad que genera empatía a la fuerza, oscura y liberadora. "Perfect Sense" aborda un fin de la humanidad diferente al millar regalado por doquier, una epidemia silenciosa que aterra por ser lo que es, por lo que supondría. Mackenzie expande la enfermedad mediante un mecanismo nada habitual que desarrolla una evolución tan evidente como genial, recorrida por un ejemplar abanico de imágenes que dan lugar a la reflexión y que engloba un continente y los que lo siguen unidos por un deterioro común... y aquí puede que se trate tanto de la pérdida de los sentidos como del aguante y el amor proferido de un habitante a su voluntad de permanecer a flote. Una trama romántica que fluye sin desaparecer en el transcurso ni incrustarse en el eje del relato, interpretados los protagonistas por unos siempre convincentes Ewan McGregor y Eva Green que encandilan, más que por la química, por sus años frente a las cámaras en este tipo de proyectos, galaneando de un instinto bestial para tocar las lágrimas de sus fieles y entusiastas admiradores, agradecidos por su aporte al drama y al amor que deja huella tras perderse de vista.

                

NOTA: 7/10