martes, 20 de enero de 2015

LA INESPERADA VIRTUD DE LA IGNORANCIA.

BIRDMAN


Alcanza Birdman un momento en el que Michael Keaton decide enfrentarse a su mayor detractora en la barra de un bar, una potencial detractora, peligrosa, crítica de teatro. Podría serlo de cine, podría decirse que sabe como valorar una obra cinematográfica, se siente (se deduce) como un requisito, porque según se aprecia está gritando algo "usted no es actor, es una celebridad". Marca una diferencia con la que asentar su propio odio (esa desconocida variable oculta bajo formas insospechadas) por aquello que representa el hombre que tiene delante, le había dedicado unas cuantas palabras antes de llegar a este punto. Se la reprocha su vocación, se menosprecia la motivación original por la cual esta persona ha escogido la redacción como alternativa profesional: la vagancia. Oraciones bailando al mismo compás que las comparaciones establecidas por dentro, por fuera y por alrededor, con etiquetas y más etiquetas, un duelo pugilístico en el que lo único que queda claro es quien va a pagar la cuenta y quien lo va a pagar caro. Y poco importa quien de los dos se ha degradado más durante esos infinitos cinco minutos, van a acabar en el mismo lugar.

                  

La raza humana y su ombliguismo... ¿a qué os suena?. No es nada nuevo, tampoco lo son los falsos planos secuencia que emplea Alejandro como transporte principal, ni como eje de una evidencia tramposa que no conociese tiempos en los que Hitchcock jugaba a algo parecido con "La Soga". No hay nada realmente histórico en Birdman, conocemos la forma, conocemos la temática, conocemos hasta el tratamiento de lo que plantea, ya estamos alto como para soprendernos por las buenas. Luego está el género masculino, el femenino y los artistas. Puestos a comparar (puestos a situarnos en la mira) es un mundo aparte, la parada de los monstruos en la que el antojo por no encajar se paga de cara al escenario, el frente a frente no fue por capricho. No saben fingir, le han pillado el truco a la vida, sin embargo, cuando vienes de otra parte la cosa se tuerce. Aquí entra en juego lo que algunos no han tardado en calificar como "doble moral", un rifirrafe supuestamente hipócrita que apuesta por la virtud que conlleva dejarse llevar por el intelecto, la atrayente filosofía de mancharse las manos en nombre de algo que no constituya una distracción de lo considerado "esencial" en un terreno apalabrado con las ideas.


                

Dardos venenosos para la industria del cine, para Hollywood, para Marvel y para algo bastante menos obvio que todo eso, el espectador. Se dice con frecuencia que el Séptimo Arte pone cada vez más en jaque al espectador, conforme el tiempo pasa se pierden costumbres, se rompen tabúes, se aprende sobre asuntos ocultos hasta entonces, en definitiva, al espectador se le ilustra. Luego existe una obligación moral para con el espectador, procurar que no se pase de listo, a simple vista tiene más que ver con la información que no se muestra cuando en realidad es por todo lo ofrecido. Así las cosas, se nos educa bajo cierta incertidumbre, por entregas. El colapso en la acción real viene por extensión natural, el individuo cree, el individuo se domina, el individuo tiene que arreglar algo que no está del todo bien, algo que no le deja dormir tranquilo por las noches. Y ahí es donde el círculo se cierra, el aprendizaje lo ha consumido hasta un fracaso del que es consciente, del que le quedan dos opciones, darle nombre y aceptarlo, o flotar, flotar como un pájaro. Esto le pasa al artista, le pasa al espectador, vete a saber si el mismo universo gira sobre la relevancia que se atribuye, de cualquier modo será culpa nuestra.

                  


Es solamente una pista de lo que Birdman aporta con su nacimiento, la propia insignificancia como ejemplo de nuestra disconformidad, nuestra lucha por no abandonarnos en el camerino. Finalmente, nuestro permanente ensimismamiento como especie, la credulidad máxima como exponente frente a las balas sobre la tarima. Allí donde se encuentra el pene de Edward Norton, el de un referente del método que renace como un auténtico Dios en 2014, el cual es un pedestal para el resurgir (de regreso a regreso) de Michael Keaton, el muñeco de nieve maleable y frágil, el caído, el coloso, un artista (en singular), otra puta leyenda. Y dos mujeres orgullosas, Naomi Watts y Emma Stone, ambas divinas, angelicales, frustradas, humanas. Nos llevan de pasillo a pasillo, a veces se desnudan, se pasean por el amanecer de incógnito en una ciudad de talentos, de ambiciones, de contratos, de sueños varios enfrascados en el mecanismo opresivo de un rival más llamativo y más en sintonía con la actualidad, la que atiende al éxito. O del escándalo o del trabajo duro, sin miramientos en la cima de la tendencia absoluta. Un RT como signo de la decadencia en contraste con la perspectiva desde las alturas, desesperados, egoístas, fruto de lo que generan por capricho de los que no crean nada, los auténticos imitadores, se masca la tragedia.


                     


Lejos de repetirse  Alejandro ha dado con la clave, ahora parece feliz. No es que tengamos que tenerlo en cuenta, pero aparte del dinero no sabemos exactamente que saca de meterse en este lío. Por eso, la próxima vez que queráis atacar gratuitamente a una película mirad por la ventana y pensad si podéis hacerlo mejor... eso... eso es lo que se diría en una ocasión similar a esta, pero NO es una de esas ocasiones ¿verdad?.


                   

NOTA: 9/10