miércoles, 13 de mayo de 2015

EL ESTADO DE LAS COSAS.

                      HOMBRES, MUJERES Y NIÑOS



Ves un satélite y no es Nolan, es Jason Reitman, si el chiste es malo imagínate el resto. En realidad lo malo es que se trata del Voyager y te lo describen punto por punto, por eso es Reitman. Es evidente que sigue sin captar que la reiteración no es la mejor manera de contar una historia, también cabe esperar que vamos a enfrentarnos a más de hora y media de un proyecto con ínfulas de falso indie y cantidades insanas de moralina. En ese caso estaría hablando por vosotros... ¿podéis creerlo? soy el primer sorprendido. Y es que en Hombres, mujeres y niños (si preguntan el patriarcado tampoco está por aquí) nos encontramos con que Reitman acaba de abordar un asunto tan espinoso como oportunista y que seguramente no volvamos a ver semejante versión en un futuro próximo, los fracasos críticos, comerciales y populares son un fenómeno que siempre garantizan arrepentimiento por parte de cualquiera, si eres Jason Reitman y te quieren muerto desde Juno significa tener cuidado al salir de casa. Y es una lástima, especialmente cuando caes en la cuenta de que no solamente no es tan mala como la pintan, si no que resulta ser, con todo, la cosa más digna que se le haya podido pasar por la cabeza.

                      



El mismo año que Bajo la misma estrella y dos después de Desconexión, el truco aguarda en los intertítulos, ya dije que esto va por épocas. Será la risa cuando no podamos tenernos ni en pie pero si miramos con más atención el motivo principal se diluye tras la primera media hora, para muchos el declive, para otros (pocos) la verdadera naturaleza del film, el espíritu ingobernable del que emana la fuerza de los hombres, las mujeres y los niños que participan en este sólido retrato intergeneracional sobre las consecuencias de las nuevas tecnologías en nuestras vidas. Y decir nuestro no es por azar, lo que queda impreso es su virtud de extrapolar el más incómodo de sus pasajes a la percepción de cualquier ser humano (si acaso del primer mundo). Y lo más importante, sin pelos en la lengua. Desde la infidelidad de toda la vida a la inseguridad de la fidelidad por obtener, en un planeta reducido y contemplado como exponente del caos y la falta de proporción, así como de objetivos, en un vídeo de youtube, la religión de los iniciados tras el 11-S y viceversa. La pérdida de identidad sexual por dependencia de un hábito (porno) adquirido con el paso de una juventud exenta de un reglamento, o quizás por sobreexposición de un único reglamento que descarta una vía alterna a la numeración exigida por el mismo, parecido al fútbol y a cosas que no tienen demasiado sentido.



                     

Si parecía poco, lo éramos hasta que llegó la bulimia, y los consejos para morirte mejor del asco por un amor que no es que no te corresponda, te detesta. La fascinación por ese tipo de persona que a edad temprana es lo más parecido a un Dios, que se te antoja indiferente el daño cuando necesitas su aprobación te arruine o no la existencia. Casos como este y más, seguir con ello sería caer en contemplaciones, algunos no son nuevos (la mayor parte no lo son) pero encajan a la perfección en un guión cuyo espacio no relega a ninguno a un rincón menor que el vecino, se asfixian y se derrumban por igual. No ofrece salida fácil, dicho de otra forma, no hay salida que valga, lejos de faltar a una conclusión el término es similar al perdón (y a cosas que no tienen demasiado sentido). Como el fútbol, pero diferente. Reitman vuelve a la conversación y se adueña de lo que quiere dar a entender, no lo juzga como hacía antes, no hay sentencias a la vista, no hay redención, hay discurso pero apenas contiene un razonamiento básico que no determina ni precede lo que pueda llegar a suceder con los protagonistas, cerrando sin embargo su círculo acerca de lo que en teoría iba a hablarse después del Voyager: la tecnología, de como nos revienta los planes sin querer darnos cuenta.

                    



La ironía es que sirve a un motivo mayor, no se sabe (o tal vez si) si por casualidad o premeditación. Su director ha radiografiado un tiempo y los que lo habitan de costa a costa, se ha empapado de sus dudas y obsesiones y lo ha hecho sin necesidad de explicarse durante la empresa, esto es nuevo si no eres Kubrick o Fincher, si eres Jason Reitman y te quieren muerto desde Juno al menos lo habrás intentado, algunos igual empiezan a cogerte cariño. Se respira el intercambio entre el Robert Altman más lúcido y la ansiada esencia de un Raymond Carver oculto en la rutina (nada rutinaria) de su puesta en escena, solapando la intimidad de un momento de decepción a otro de puro morbo a las páginas de Google (y varias de Pornhub) como haciendo cómplice a las retinas de aquellos que no son ajenos a esto, insistiendo en que a pesar de que ya lo saben por descontado no van a quedar tan impasivos como con el doble check del WhatsApp (¿o eran tres?). A lo sumo un par de coñas por Twitter, es tanto culpa suya como del público, aceptémoslo, nos falta un trecho de generosidad para que dejen de sacar este tipo de películas.

                   

NOTA: 8/10