viernes, 24 de junio de 2016

EL LARGO ADIÓS

                                                                VIS A VIS

                             
Pretender encontrar las palabras exactas, aquellas que hagan justicia a Vis a vis tras tanto camino trazado para descubrir que apenas hemos transitado una distancia mínima de todo lo que le deparaba el futuro, es pretender no venirse abajo, no intentar hacer entender a nadie lo que nos hemos perdido, ni tan siquiera echarle la culpa al porcentaje de audiencia ausente que a las malas (en el "peor" de los casos las cifras fueron brillantes) han provocado sin conocimiento de causa el final de un tipo de ficción que, a través de su apego por el peligro y su bendito empeño por desperezar los códigos de nuestra televisión, dió a luz una especie de armonía infrecuente entre espectadores y responsables, entre testigos y artistas, entre crédulos y genios. Una especie de relación íntima, tal vez pequeña, basada en la respuesta exacta en el momento preciso, con todo lujo de detalles, de esos que flanquean la barrera y nos acercan con total confianza a ese terreno inusitado en el que nacen las ideas. Cualquiera que yo pueda contaros al respecto es agua pasada, tanto como lo será la propia serie llegado el momento. Pero "solo muere lo que cae en olvido", la vida puede no ser justa, valga la ironía, para una historia que nunca prestó atención a lo contrario. Por suerte algunos recordarán esa historia y harán justicia a su recuerdo ya que jugamos con las mismas reglas a pesar de cualquier contratiempo, porque a veces la vida no tiende puentes en la dirección correcta, porque a veces la vida no trata de otra cosa.

Podría escudriñar entre el centenar de referencias (involuntarias o no) que han dado lugar en esta segunda temporada, desde un par de carcajadas por Meyer y sus féminas sin frenos, desde la violencia de Peckinpah, desde un avistamiento prudente al thriller crepuscular surcoreano contemporáneo hasta el mismísimo underground árido y "kinki" de sabor nacional importado de los 90, pero su mérito real es el de no haber necesitado ir más allá de lo que ya era desde que supimos de su existencia: un descarado elogio a la sorpresa. Y al amor, en un sano equilibrio entre la exaltación adolescente, el compromiso, lo imaginado, lo perdido y, en ocasiones, lo perverso. "Sin mal no hay diversión" como premisa preferente, a raíz del mal en un tablero de lealtades encontradas y lealtades por desfallecer que nos han arrebatado del tedio popular sin trampas, con evidente intención y mejores resultados, los de reformular el proceso narrativo a base de humor y menos dramas de los que cualquiera pueda pedir a lengua tendida. Manteniendo el paralelismo recurrente del formato documental que pasa por alto las rejas y nos habla a pecho descubierto de sus mujeres, las que van y vienen, las que temen y ya no esperan nada, las que a pesar de no encontrar espacio en el que entregarse tal como merecen encuentran la oportunidad, aquí y ahora, de ofrecernos eso y mucho más. Puede que más de lo que la mayoría está preparada para asumir.

Modélica en concepción y modélica en retirada, así ha sido la criatura, cautiva en su suerte de poesía caústica, casi nihilista. Mediante el trabajo de fotografía de un tal ganador del Goya Miguel Ángel  Amoedo con la que descubrimos que... "¡oh! ¡la perfección existe!", capturando retazos de vida puestos ahí por casualidad, humanos o no, que una vez introducidos destilan el sentido de lo que su escenario y su selecto reparto querían decir antes de concedérsenos el privilegio de tenerlos frente a frente. Y si de algo puede presumir Vis a vis... que es tal como quería llegar hace un año a este apartado: sus actores, sus actrices. Oscars huérfanos y anónimos, la etiqueta es lo de menos cuando uno siente la necesidad de darles las gracias a todos por su labor, y en la fea práctica de destacar por defecto cederé a la costumbre. Por encima de excelentes incorporaciones de última hora y de algunos que poco a poco han hallado esta vez una evolución exclusiva y enriquecida por escritores de primera línea, favorecidos Harlys Becerra como su despótico Valbuena y Jesús Castejón como dueño y rey del elenco masculino, a un palmo de no saber si hemos conocido al inspector más competente de toda españa, talento. Y por supuesto, Najwa Nimri. Lo que no concretaba al escribir "un sitio a golpe de fusta en el
imaginario colectivo" era que ella es capaz de trascender a la intimidación. Así, en un recorrido convaleciente y herido de gravedad disgrega la conducta de Zulema a un nivel de ambigüedad pocas veces visto, apelando a la piedad de sus fieles, mudando la piel y finalmente, burlando la diferencia entre mito y correspondencia empuñando el guante en sus orígenes, en un guiño literal a lo que esperábamos tras el cierre del telón: una sonrisa, una despedida, un personaje simplemente inolvidable.

Lejos de ser un "hasta luego" la clausura parece definitiva, de modo que a excepción de manifestaciones aisladas, un nuevo gobierno o un nuevo país en el que el riesgo no suponga impedimento a la hora de estimar el valor del arte, esto se torna en adiós. Desde este humilde, casi inexistente blog de tres al cuarto, esperamos con los dedos cruzados que ese nuevo día llegue más pronto que tarde, que el legado de Vis a vis nunca cayó en saco roto. La marea no es más que la brevedad de un vistazo al gozo de los que formaron parte, y si el amarillo simbolizó la muerte en otra ocasión hoy por hoy solamente es un número, una legión, una verdad como un templo.

domingo, 5 de junio de 2016

FREAK SHOW YOKNAPATAWPHA

                       THE SOUND AND THE FURY


Hablar del legado de Faulkner en el cine es hablar de un testimonio finito, tras un par de intentos de traslación a la pequeña pantalla se reduce al recuerdo de un emergente y depredador Paul Newman dando la réplica al texto, a Welles y a su futura esposa en aquel "Largo y cálido verano" de 1958. Décadas y décadas después la demanda cambia de bando como cabría esperar y los dramas sureños dejan de ser un reclamo a excepción de alguna que otra aparentemente "honrosa" propuesta (la de Kathy Bates y sus reformas hogareñas), adaptando en la medida de lo posible el código precedente a su propio tiempo en lo que hoy nos parece toda una vida, los años pasan volando. Y sin que podamos explicárnoslo a ciencia cierta James Franco está tratando de recobrar el testigo de todo aquello partiendo del 2013, en un lapso que bien podría reconocerse como el punto de partida de una carrera inexistente como cineasta a los ojos de cualquiera que se preste a mirar. Sin éxito y sin fortuna, la decadencia del actor tras las cámaras cada vez se siente más evidente, antes de jugarse el todo por el todo en este 2016 disfrazándose de Tommy Wiseau. Por suerte juega en las lides de las celebridades, y como tal con fieles dispuestos a sacrificarse en nombre de alguien que se considera convencido de lo que hace. Convincente en medida de lo que paralelamente transcribe al amparo de un tic y un tac sin interés de reportar beneficios, 
al ilustre o al ilustrado.

 
                                                 
The sound and the fury es el producto del afanado literato que otorga justa importancia a sus fuentes, si Franco ocupa más espacio en la lectura que en sadomasoquismo es un misterio, pero lo que queda claro es que existe una disposición de fascinación, particular e incontenida, por la obra del poeta. Casi tan deudora del formalismo del meridiano del siglo XX como de la "nueva" vertiente espiritual encabezada por maestros como Malick, casi nada al arrojo de un despunte estético en la retícula del cine independiente americano, con sus peores costumbres y pertrechada por innumerables flashbacks en busca de la ruina o el derrumbe de un presente que toca fondo con nada nuevo acto. Tres, para ser exactos, servidos para configurar y conferir un orden de patrimonio al intraducible mundo del material base, cada uno con su entidad y motivaciones básicas, generalmente acordonadas en torno al hermano de turno y a su naturaleza conductual. Así, Benjy es delirio, Quentin desesperación y Jason violencia. Sin pasar por alto su contexto cívico e histórico, James parece más decidido a resaltar la interiorización de sus personajes tal como Faulkner los imaginó y tal como ya lo hizo en  As I Lay Dying, dando lugar a un fresco y ameno cuento pormenorizado de extremos contrapuestos que van desde el arrebato al desenfoque, del susurro al grito ahogado y de la histeria a la liberación. Incluyendo curiosos y cómicos guiños a su "crew" (Rogen y McBride) mediante cameos que en manos de otro se destacarían como parte de un recurso habitual de un director único en su especie.


                                             

Y los que todavía crean que esto sigue sin dar resultado siguen teniendo razón, pero por el momento sobrevive al recuerdo de Newman. En las antípodas de la autocomplacencia, el que ya fuera la némesis de Spider-Man ha ideado un cosmos lejos del homenaje que ambiciona del mismo modo que su autor conectar con el ruido y la furia de una estirpe en extinción, hendida y aprisionada por su orgullo de título, su amor prohibido o su completa  ignorancia más allá del olor de los árboles.



NOTA: 6/10