miércoles, 25 de enero de 2017

I SING FOR...

                                                        LA LA LAND
                             


No diré aquello de "ya que se ha hablado tanto de..." porque en el caso que nos ocupa nunca está de más mimar a la criatura más de lo aconsejable por más que pueda parecer excesivo, igual que está de más imaginar un mundo en el que la medida de nuestros objetivos no vaya acorde a la idea de cuánto deseamos que estos se materialicen. Y sobre como ello a menudo deteriora el estrecho vínculo que tan insistentemente nos empeñamos en conservar, por más elemental o poco útil que parezca, con aquello que impulsa la totalidad de nuestras fuerzas en el trayecto que va del boceto al resultado. Con no menos crueldad parte la premisa de La La Land, cabría darse por sorprendido de no tratarse de Damien Chazelle. Pero que nadie se llame a engaño, no es el fin de la creación lo que se nos ofrece, más bien el propio fin que Chazelle concibe de una era proclive a dar por finalizada la función cuando cierra el telón. Tan consciente como cualquiera de su gran mentira, retrocede a la otra cara del sueño eterno y contempla la posibilidad de empezar de nuevo.

                                 

Y sin no menos entusiasmo que Whiplash, posterga toda suerte de obsesión enraizando el plan de sus locos, locos, locos protagonistas en lo que representa la suma de sendos intereses enfrentados en la búsqueda de un sentido común al destino que ambos han labrado para cada uno de los dos. Para poder estar unidos, para no marcar la línea que distancie el anhelo de la realidad dentro de su propio universo. Y más allá, más lejos de ese íntimo e infinito firmamento, la declaración oficial de cómo nos hemos regido hasta la actualidad sin perder los nervios en el intento, sobre la razón de que todo lo que nos defina provenga de algo distinto de lo que consideramos ser. Porque no es tanto el significado de lo que miramos como el recuento de las horas que invertimos en proyectarnos, inmersos en una serie de tropiezos en la que el secreto puede que resida en saber captar el momento adecuado o el instante de algo que nació compartido, que creció compartido y que murió de la misma manera por diferente que pueda

verse desde otros ojos. 
                                            

La La Land ya no trata de otra cosa, y a raíz de un primer número musical que anuncia (y deslumbra) sus intenciones no entraré a valorar qué se ha extraído de según qué recodo del género para aplique de un conjunto que va desde el desnudo frontal de una L.A. más vivaz que nunca al decoro del homenaje complacido en la referencia, consabidamente alejada del calco para mayor gloria de un resurgimiento estético que no fija sus cualidades en las constantes del claqué o el empleo indiscriminado de color y diseño, si no que apuesta por el dominio del lenguaje tradicional a favor de un enfoque exclusivo y arrebatador. Y no, puede que no nos pille desprevenidos pero... ¿desde cuándo el amor ha resultado mejor sin que se nos eche encima 

con todo ese mal genio y todos esos inconvenientes que ya conocíamos de primera mano?. Para Chazelle la respuesta es sencilla, quiere que entendamos que incluso en la peor de las situaciones siempre podemos contar con alguien que nos recuerde que vale la pena arriesgar un poco de eso que nos hace creer especiales, eso que jamás ha dejado de pertenecer a otra persona. Alguien que, al igual que tu o al igual que yo, está dando rienda suelta a sus sueños. 


Entre tanto y al arrullo de estrellas en la cima de la comprensión mutua (el tío del claxon y la que ensaya de camino al trabajo están de Óscar), un linaje en duelo que conforma, confronta y consolida su consorcio sin dar menor relevancia a la pérdida progresiva de la herencia y el origen del arte pero sin necesidad de asentar un enclave opuesto que abra camino al término del elitismo clásico, sin detenerse ni por un momento a justificar ninguna de sus vertientes, aunque siempre dejando bien claras sus preferencias. Asumiendo entonces un tipo de condición tan atemporal y añeja como el pensamiento, aquí no vale más que dejarse hacer y dar buen uso de ese corazoncito que en el fondo sabemos que llevamos dentro. La reciprocidad a veces es un auténtico asco, es cierto, pero en ocasiones puede señalarnos el lugar y compensar con creces esa esquiva sensación de ausencia que todavía nos trae de cabeza, algunos tan lejanos como una mirada susurrando 

"de acuerdo" que, irónicamente, nos acerca más que nunca a la verdad.

 

9/10